Amo las luces de la carretera en la profundidad de la noche. Las de los coches que pasan y las de las farolas. Todo un paisaje artificial hecho por el hombre para alumbrar las senderos oscuros que comunican las ciudades y los diferentes pueblos. También disfruto con la deleite visual que me producen las líneas blancas pintadas de la carretera. Las continuas y las discontinuas. Las primeras porque son una luz más, fija y eterna. Las segundas porque las veo desvanecerse por debajo de mi vehículo como víctimas del espacio-tiempo. Una, dos, tres, son a la vez hipnóticas y desafiantes.

Aquella era una noche cualquiera y nos dirigíamos a casa por una carretera secundaria de doble sentido. Yo iba de copiloto y me limitaba a mirar el paisaje tétrico y nocturno que pasaba fugazmente por la ventanilla. Y, de repente, ahí al fondo lo vi acercarse a toda velocidad. Era un vehículo de alta gama o de nueva generación. Lo sabía por sus faros de xenón o de led, no lograba distinguirlos a simple vista. Pero encandilaban toda la carretera a su paso sin necesidad de poner las largas. Lo peor era la forma de sus faros, como de mirada de depredador desafiante y estaba justo detrás de nuestro vehículo. Solo esperaba que nos adelantase pronto aunque en aquella estrecha carretera no era muy fácil hacerlo.

El vehículo aminoró su velocidad y se mantuvo a un par de metros de nuestro parachoques trasero como si estuviese persiguiéndonos o estuviese al acecho. Mi acompañante prefirió seguir a la misma velocidad y yo seguí esperando en silencio que nos adelantase pero no lo hizo. El cochazo amenazante prefirió seguir en la misma posición encandilándonos con sus potentes luces. Por momentos sentí su respiración cálida en mi cuello. Lo miré por el retrovisor lateral derecho y ahí vi de nuevo esos faros con esas formas agresivas y radiantes, eran como una serpiente a punto de morderte por la espalda, sí, eso era, una víbora oscura y amenazadora que permanecía en la retaguardia y no se alejaba ni adelantaba. Pensé que quizá mi mente me estaba jugando una mala pasada o que mi esquizofrenia paranoide se acrecentaba a pasos agigantados.

Mi psicosis ante la noche y aquellos faros agresivos me estaban provocando una taquicardia incómoda. Me daban ganas de decirle a mi acompañante que redujese la velocidad y que cuando hubiésemos entrado en el pueblo detuviese el vehículo un momento. Solo me quedaba la esperanza de que quizá para entonces ya se hubiese marchado o nos hubiese adelantado pero no, comprobé que seguía ahí detrás con la misma velocidad, quizá un poco menos. Tenía espacio de sobra para adelantar, no se vislumbraban faros en el horizonte que indicasen que venían coches de frente, había lugar para detenernos, para esperar a que pasase de largo pero… ¿Y si ese vehículo depredador también se detenía? ¿Cómo reaccionaría yo? ¿Con un desmayo instantáneo o con un grito de terror? Lo mejor era no tentar a la suerte y esperar a ver qué sucedía.

Una rotonda, dos rotondas y finalmente se evaporó en lo profundo de la noche tras coger otra salida. Suspiré, noté mis manos sudorosas y mi pulso volvió poco a poco a su ritmo. Cuando creía que mi agonía había acabado no pude evitar pensar que quizá, al llegar a casa, lo veríamos ahí al fondo, aparcado y esperando con esa mirada mecánica y asesina. Porque si de verdad era un depredador estaría esperando en la puerta de nuestra guarida para darnos el toque de gracia. Quizá.

Todos los derechos reservados. Copyright 2019.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable Alejo Pérez Fernández .
  • Finalidad Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Tu consentimiento.
  • Destinatarios Raiola Networks.
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puedes consultar la información detallada en la Política de Privacidad.