Mario me invitó a su casa. Tardó en hacerlo ya que llevábamos saliendo tres meses y no estaba acostumbrada a tantas florituras y esperas innecesarias.

—Sí mi amor, puedes venir a partir de las nueve —me dijo con su sensual voz por teléfono—. Te tendré preparada la cena…espero estar a la altura.

Odiaba que me dijese mi amor y menos llevando tan poco juntos. En fin. Me puse lo más elegante y sexy que tenía en el armario porque sentía la necesidad imperiosa de empotrarlo contra la pared cuando hubiésemos acabado la cena. O antes. El hecho de que solo lo viese los fines de semana era lo que tenía.

Ding-dong

Mario abrió la puerta y no me dijo nada. Se limitó a darme un repaso de arriba a abajo, sorprendido, y me dio un fino beso en los labios. Yo esperaba un morreo pero qué le vamos a hacer. Pasamos a su humilde morada y al llegar al salón comprobé que lo tenía todo preparado. Ay mi Mario. No me creía que con los años siguiera con ese ritmo de atenciones. O sí, quizá con el tiempo sería yo la que me acomodase y me tirase en el sofá para esclavizarlo con mi látigo de pinchos. Pero no adelantemos acontecimientos…

—Tengo la comida en el horno ¿te apetece…? —dijo él señalando hacia la cocina con su dedo índice.
Antes de que acabase su pregunta sentí un retortijón, un gas que intentaba salir de forma valiente pero yo se lo impedí ya que tenía varias técnicas infalibles para ello. La mezcla del olor a comida indefinida y las velas aromáticas habían hecho su efecto. Una gota de sudor fría comenzó a aparecer en mi sien y él se dio cuenta de ello.

—Mario, yo…
—¿Qué tienes mi amor?
—Nada, nada ¿puedo ir al baño un momento?
—Sí, claro, por supuesto. Es la primera puerta que está junto a la entrada.
—Gracias.

Le sonreí falsamente y me fui volando hacia mi salvación. Siempre he odiado tener que ir al servicio en las casas de mis novios, es algo con lo que no puedo. Pero en aquella ocasión si me aguantaba corría el riesgo de hacérmelo encima y con lo mona que iba esa noche, no podía permitírmelo. Quizá a Mario no le importase que su novia le dejase la fragancia del infierno en su baño, porque quizá él me veía como a una princesita a la que había que conquistar. Y a veces parece que las princesitas no defecan ni tienen gases.

Nada más entrar en aquel terreno sagrado, dejé mi pequeño y delicado bolso encima del lavabo, corrí a desabrocharme la falda y me senté de forma un tanto brusca en el retrete. Al hacerlo comprobé que la tapa de plástico estaba medio rota y, con mi peso, se desplazó unos centímetros. Fruto de ello, me asusté y lancé una ventosidad. De las fuertes. Horror, teníamos un problema, un gran problema. Creí que incluso se había oído desde la cocina que era donde estaba Mario en esos momentos. Una vez me quité los miedos de encima, comencé a defecar, sí, y no era blando o líquido, era duro y compacto. Me hice daño y temí que después me saliesen unas bellas hemorroides. Pero eso sería otro día y otra batalla que librar.
Lo único malo de ir de vientre tan duro es que puedes tardar entre cinco y diez minutos y si te están esperando fuera es un tanto incómodo. De mientras, cogí mi teléfono del bolso y comencé a mirar el timeline de Twitter a ver si así me distraía.
Me costó pero al fin conseguí mi cometido. Solo me quedaba la esperanza de que cuando me fuese a limpiar el trasero, el papel saliese limpio. Pero no, pobre de mí, tuve que raspar y raspar y comprobar con impotencia que la suciedad no tenía fin.

—¿Estás bien mi amor? —me dijo él al otro lado de la puerta— ¿Necesitas algo?
—No, tranquilo, ya salgo —le dije suspirando, incómoda y notando una gota de sudor recorrer mi espalda—. Perdona por la espera, puedes ir sirviendo la comida si quieres.

Al fin él se marchó tras soltar un “ajá” algo confuso. Al menos no se le ocurrió entrar y oler la fragancia de la muerte. Porque en los baños puede oler a muerto pero quien lo ha hecho, nunca lo huele hasta que no sale y entra al cabo de unos minutos. Supongo que así nuestro cuerpo se defiende y evita que nos desmayemos in situ.

Cuando hube acabado aquella pesadilla, suspiré y me puse de pie, pulsando el botón de la cisterna y esta dejó caer la purificadora agua por el interior del averno de papel y excremento. Pero muy a mi pesar, el agua no salió con suficiente potencia y para más inri, levantó esa mezcla asquerosa de papel y excremento y la elevó un poco para al final acabar bajando y dejándolo todo húmedo y más asqueroso si cabe. Bien, pesadilla número 1, pensé. O misión número 1. Miré hacia izquierda y derecha y vi una escobilla de un diseño un tanto pobre y barato. No quería usarla, prefería que el agua se lo llevase todo pero si era con aquella potencia…sería imposible conseguirlo a la primera o a la segunda. Tenía que conseguir de alguna manera que lo que había creado, se marchase tubería abajo. Y no sería fácil. Me quedé escuchando cómo se llenaba poco a poco la cisterna y comprobé que tardaba más de lo normal. Me miré en el espejo y descubrí que tenía cara de sufrimiento y mi peinado se había deshecho un poco. El pelo alisado comenzaba a creparse. Tenía miedo de que Mario volviese a preguntarme si estaba bien. Si lo hubiese sabido habríamos quedado en mi casa con mi super inodoro con potencia suficiente como para llevarse algo duro en una o dos veces. Pero ese retrete del demonio no creía que pudiese llevarse nada ni en diez intentos. Y encima no veía ningún cubo por allí cerca para llenarlo y descargar su potencia encima de mis excrementos. Y no quería pedírselo a Mario porque sospecharía de lo que estaba haciendo. Vale, sí, seguramente se imaginaba que me había dado un apretón pero no quería tener que explicarle que la única forma de que mis deshechos orgánicos se marchasen era con la fuerza de un buen cubo de agua.

En el exterior pude escuchar como Mario iba sacando la bandeja del horno y la colocaba sobre la encimera. Bien, eso es que estaba entretenido, pensé.

Pulsé de nuevo el botón mágico. El agua volvió a bajar con desgana y se volvió a repetir el mismo espectáculo pero aquella vez el papel sucio y medio marrón logró salir por el desagüe pero mi excremento no. Ahí se quedó encajado. En aquellos momentos era la persona más desdichada del mundo. Tierra trágame. Parca ven a mí.

Cerré la tapa para dejar de ver aquel paisaje desalentador y asqueroso y volví a esperar que la cisterna volviese a llenarse. Pero sabía que no, que no lo iba a conseguir solo con la fuerza del agua. Tenía que pedirle a Mario un cubo, cuanto más grande mejor pero me daba reparo, no quería que se llevase esa impresión de mí la primera vez que estaba en su casa, la primera vez que teníamos una cita romántica a la luz de las velas con un delicioso manjar preparado por él.

Volví a pulsar el botón y el agua volvió a caer. La tapa seguía bajada y esperé a que acabase la descarga. Bien. Abrí poco a poco la compuerta del infierno y comprobé que sí, que allí seguía intacto el zurullo que me miraba con desdén. ¿Qué había hecho yo para merecer aquello? No quería coger la escobilla y destrozarlo, no, no quería porque me conocía y sabía que aquella imagen no se me borraría de la mente en toda la noche.

—¿Estás bien mi amor? —otra vez volvió a llamarme la atención desde el exterior—. Me estoy empezando a preocupar.
—Sí, sí, no pasa nada, estaba un poco descompuesta pero ya estoy mejor —le revelé información importante y secreta pero es que no podía hacer otra cosa.
—¿Necesitas algo?
—No, no, gracias cielo. En breve salgo, ves poniendo la comida en la mesa si quieres —creía que ya se lo había dicho pero es que no se me ocurría otra cosa que decirle.
—Está bien pero no tardes que se enfría. Te quiero.

No le contesté y volví a suspirar. La vibración de un teléfono interrumpió mi reflexión sobre la vida y los retretes. Me giré hacia el aparato y comprobé que no era el mío sino otro, uno colocado justo encima de un mueblecito de baño al lado de la ducha. Deduje que era el teléfono de Mario que se lo había dejado ahí después de ducharse o usar su increíble y efectivo retrete. Je, je, je. Pero el teléfono volvió a vibrar. Pulsé de nuevo la cisterna y de nuevo la misma historia, mi creación seguía ahí dispuesta a hacerme la vida imposible y el teléfono seguía vibrando hasta que se calló y la pantalla del mismo se quedó encendida al recibir un mensaje. Al final, no sé por qué motivo, me acerqué al teléfono y vi las dos primeras líneas del whatsapp que había recibido.

ESTELA_21:21
Abre la puerta ahora mismo. Ya sabes qué pienso de cerrar con llave estando la cena dentro.

Al abrir la conversación por completo no leí nada más. Aquel mensaje era nuevo o Mario había borrado todo el historial. Lo leí una y otra vez intentando encontrarle la lógica pero no se la vi por ninguna parte. O era una broma o allí estaba pasando algo muy extraño. De repente, mis miedos a que Mario descubriese lo que había en el retrete, se fueron disipando. No quería contestarle a aquella mujer o chica joven pero la curiosidad me pudo.

MARIO_21:25
Hola, perdona, estaba sacando la cena del horno. ¿Podemos vernos otro día?

Solté una risita nerviosa al escribir el mensaje y al fin vi al otro lado aquello de “escribiendo…”.

ESTELA_21:21
Oye ¿a qué estás jugando? Abre la puerta ya mismo o te vas a acordar de esta.

Y acto seguido alguien comenzó a aporrear la puerta de entrada de la casa de Mario. Mis piernas comenzaron a temblar y me aseguré de que la puerta tuviese el pestillo echado. Si la persona que golpeaba la puerta era la misma que la del mensaje…estaba en un buen lío. O en algo peor.
Los pasos de Mario se escucharon al otro lado de la puerta del baño y después escuché como la puerta de entrada se abría pero no se escuchaba ninguna voz ni él dijo nada que pudiese sospechar que era la misma persona que enviaba el mensaje a su teléfono. Me esperé pegando mi oreja a la puerta e intenté escuchar lo que fuese al otro lado para saber a qué atenerme pero me fue imposible escuchar nada. De nuevo la puerta de entrada volvió a cerrarse y volví junto al teléfono para ver si la tal Estela había escrito algo.

—¿Amor? ¿Estás lista?
—Sí, ya salgo ¿Quién era la de la puerta? —al decir “la de la puerta” cerré fuertemente los ojos como si hubiese dicho algo que me había delatado.
—¿Quién? —dijo él como si no hubiese pasado nada segundos atrás.
—Sí, la puerta, he escuchado que tocaban.
—Amorcito, se va a enfriar la comida… —suplicó él sin hacer caso a lo que yo le decía.

Asentí con la cabeza como si él me pudiese ver y quité al fin el pestillo. En ese momento sonreí al pensar en el nombre del pestillo iba a la par con lo que había dejado en el aquel baño. Vaya pensamientos para una situación incómoda como aquella. Suponía que era todo fruto de los nervios. Y encima aquel mensaje de la tal Estela. El teléfono volvió a vibrar. Pero no quise cogerlo, abrí la puerta y allí lo vi a él con cara de preocupación y el delantal aún puesto.

—De verdad que me has preocupado mucho —me dijo él mirándome una vez más de arriba a abajo—. Hasta te has acalorado —añadió a la vez que me tocaba la frente empapada de sudor.
—He tenido un pequeño problema con tu retrete… —le confesé y noté a la vez que me ruborizaba más y más hasta casi estallar mi cara de lo roja que me había puesto.
—Oh, vaya… —él se quedó pensativo y me acarició el pelo— ¿Puedo hacer algo por ti? —y miró hacia el baño.
—Es que me da un poco de vergüenza —le dije sonriéndole pero la sonrisa no me duró mucho ya que me giré hacia la puerta de entrada y recordé a la persona que había llamado—. ¿Seguro que no llamó nadie a la puerta?
—¿No sientes curiosidad por saber qué te he preparado de cena? —dijo él ignorando de nuevo lo de la puerta.
Lo observé, extrañada y después dirigí mi mirada hacia el salón donde había un par de velas rojas encendidas sobre la mesa.
—Claro que quiero saber qué me has preparado pero…
—¿Quieres que solucione primero lo del retrete? —dijo él señalando hacia el baño con el pulgar y esbozando una sonrisa.
—No, no es eso. Pero me pareció escuchar la puerta mientras estaba en el baño.
—Ya, a mí también y por eso la abrí pero no había nadie.
Volví a mirarlo, seria y concentrada y al final se lo solté.
—¿Quién es Estela?
Él se echó hacia atrás, como si hubiese visto un fantasma y frunció el ceño.
—¿Por qué me preguntas eso? —dijo él mirándome fijamente con los ojos abiertos de par en par.
—He visto un mensaje de ella, sí, en el baño estaba tu teléfono y no paraba de sonar.
—Eso es imposible —dijo él, negando con la cabeza de forma compulsiva.
—Pues ella ha dicho que le abrieses la puerta y después ha sido cuando he escuchado que alguien la tocaba.
—Te repito que es imposible. Además…no deberías mirar el teléfono de los demás, eso es algo muy feo.
—Lo siento —volví a ruborizarme y avancé hacia él para cogerle de la muñeca—. Perdóname, en serio, no era mi intención.
—De todas formas te repito que es imposible ¿viste un mensaje suyo dices?
—Sí.
Él se apartó de mí de forma brusca y se dirigió al baño para coger su teléfono.
—No veo ningún mensaje con el nombre de Estela —dijo él desde dentro.
Fui hasta él, cogí el teléfono de sus manos y comprobé que era verdad lo que me decía. Lo miré, extrañada, pensando que quizá los había borrado pero era algo demasiado rebuscado.
—Te juro que vi dos mensajes suyos y yo… —me quedé pensando si decírselo o no pero mi lengua me traicionaba.
—¿Tú qué? —me preguntó él un poco histérico.
—Le contesté que estabas sacando la cena del horno.
Mario suspiró y miró hacia el techo del baño. Se llevó la mano a los ojos y se los restregó.
—Mira, no sé qué clase de broma es esta. No conozco a ninguna persona que se llame así.
Mario apartó su mirada del teléfono y observó la tapa del retrete cerrada. Al darme cuenta me puse justo delante con los brazos extendidos como intentando que no hiciese nada al respecto.
—¿Podemos irnos ya a cenar? —le dije sin demasiada hambre pero quería salir de todo aquel embrollo. Él asintió y optó por abrazarme. Lo hizo muy fuerte, tanto que casi me deja sin respiración.
—Voy a poner de nuevo la comida en el horno que odio usar el microondas para calentarla.
—¿Seguro?
—Sí —dijo apartándose de mí y caminando hacia el exterior.
—Bien, entonces voy en cinco minutos. Quizá me dé tiempo a solucionar el problemita —le dije con una sonrisita nerviosa.
—En serio que no hace falta, no deberías tener vergüenza de eso —dijo él mirando hacia el retrete.
—No te preocupes, soy una chica dura y poderosa y sí, aún me da cosa que veas según qué de mí —añadí guiñándole el ojo derecho.
—Vale, vale, aceptamos barco pero no tardes que eso recalentado varias veces no vale nada.

Y al fin se marchó. Volví a cerrar la puerta, esta vez sin echar el pestillo. Ay, qué palabra, pestillo… Y de repente el teléfono de él, que aún estaba en mis manos, volvió a vibrar al recibir otro mensaje. Mi corazón volvió a latir cada vez más rápido al descubrir que era otro mensaje de ella.

ESTELA_21:33
No eres Mario ¿verdad?

Tragué saliva y le contesté.

MARIO_21:34
No, lo siento. Soy su novia.

ESTELA_21:34
Entonces te recomiendo que salgas ya mismo de ahí.

MARIO_21:35
¿Cómo? ¿A qué te refieres?

ESTELA_21:35
Quizá conmigo pudo ese cabronazo pero contigo aún estamos a tiempo.

MARIO_21:36
Perdona pero no entiendo nada.

ESTELA_21:36
¿Sabes quién está en el horno?

MARIO_21:37
Espero que todo esto sea una broma de mal gusto.

ESTELA_21:37
Por desgracia no lo es. Sal ya mismo de esa casa si no quieres ser la cena de su próxima pareja.

Miré de nuevo hacia la puerta del baño y maldije no haber echado el pestillo pero realmente era lo mejor. Si quería salir a toda prisa no podía pensar demasiado y actuar. Cogí mi bolso, dejé el teléfono sobre la tapa del retrete y abrí la puerta poco a poco sin hacer ruido y miré por el pasillo donde, por suerte, no vi a Mario por ninguna parte. Pensé que estaría entretenido calentando la cena. Caminé de puntillas hasta la puerta de entrada y me marché de allí a toda velocidad. Cogí el primer taxi que vi por la calle y no miré hacia atrás.

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