Cansado de saltar una y otra plataforma, de derrotar jefes finales y de alcanzar recompensas efímeras, decidió marcharse de ese mundo de ensueño compuesto de infinidad de colores y praderas relucientes para conocer el mundo real.

Quería conocer y vivir en ese lugar donde no pasaba nada, donde si te quedabas sentado en un mismo sitio nadie venía para destruirte y no perdías puntos, un lugar donde los villanos ya habían ganado ya que la injusticia y la desigualdad reinaban por doquier.

Y una vez allí buscó el amor que nunca había encontrado pese a derrotar monstruos y jefes amenazadores, y se dio cuenta que lo más duro del mundo real era que te rompiesen el corazón tras decirte por teléfono el temido «tenemos que hablar». Allí acudió, inocente de él, y se la encontró con aquella cara de funeral, él quiso dialogar pero era demasiado tarde, la decisión estaba tomada.

Cabizbajo y resignado, volvió al fin a su videojuego donde al menos era el protagonista y donde al menos una princesa inocente e ignorante le esperaba tras derrotar al jefe final.

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