Así le volvió a romper el corazón

Recordando un lejano pasado, Armand decidió que era hora de volver a él, aunque fuese solo por una noche. Vagó entre las sombras de la ciudad y llegó junto a aquella urbanización de clase media. Escaló el portón metálico verde y, una vez pisó el jardín, divisó las luces encendidas de la primera planta del adosado. Con un poco de suerte encontraría lo que estaba buscando.

No tenía un plan ni sabía bien cómo entraría, todas sus acciones eran improvisadas, fruto de un impulso irracional. Por suerte para él, justo en ese momento las amigas de ella estaban a punto de salir de la casa cuando lo vieron llegar y se lo quedaron mirando como si estuviesen contemplando un espectro. Como era lógico, le preguntaron que qué hacía allí.

—He venido a verla, a hablar con ella.

—¿Estás seguro?

—¿Me podéis ayudar?

—Está bien, lo haremos por los años que estuvisteis juntos pero prométenos que no le harás daño.

Él prometió que no lo haría y ellas aceptaron el trato. Tuvieron suerte de que la puerta de entrada aún no estaba totalmente cerrada y volvieron a abrirla poco a poco. Entraron todos con cautela y enseguida él divisó la escalera enmoquetada que conducía a la primera planta. Infinidad de recuerdos asaltaron su mente, momentos que había vivido en un pasado lejano, agradables, incómodos, agridulces. Siempre le había gustado aquel hogar, aunque suponía que aquellos perros que tenían habían fallecido y que aquel chiquillo que correteaba por toda la casa ya sería un hombre. Quizá ya ni vivía allí. Lo que más le sorprendió fue percibir de nuevo aquel olor fresco a suavizante, aquel perfume único que caracterizaba a aquella casa.

Al llegar a la primera planta las amigas de ella le dijeron que ella estaba en la terraza situada al final del pasillo. Parecía todo demasiado sencillo, un plan perfecto y a la vez improvisado ¿dónde estaba el truco?. Una de las habitaciones que daba a una pequeña sala tenía la luz encendida, fue ahí hacia donde se dirigieron ellas a entretener a los padres que estaban en ese momento mirando la televisión. Él pudo escuchar cómo las interrogaba su padre. Era un hombre desconfiado y de mal carácter que con el tiempo se había vuelto un trozo de pan. Recordó lo mucho que le incomodaba cuando comían todos juntos y cómo trataba a su hija cuando suspendía alguna asignatura.

No se entretuvo más nadando entre sus pensamientos y siguió su camino hacia la terraza y, al llegar a ella, abrió poco a poco la puerta acristalada y la vio ahí, sentada en un sofá de mimbre, mirando hacia el cielo estrellado. Al girarse hacia él lo contempló con sorpresa y alegría. Como era lógico y de esperar, se fundieron en un tierno abrazo.

—¿Cómo…? —intentó preguntar ella pero él le colocó su índice en la boca.

—Me alegra verte después de tanto tiempo ¿cómo te ha tratado la vida?

—Supongo que estás aquí porque te has enterado de que estoy soltera de nuevo —dijo ella ruborizándose y esbozando una tímida sonrisa.

—No solo he venido por eso, había algo en mi interior que me decía que tenía que verte hoy, esta noche.

—¿Por qué has venido entonces? —dijo ella acercándose aún más a él, parecía que suplicaba un beso.

Y sí, él la besó. Fue breve, forzado y gélido, porque notó el vacío de lo que una vez abandonó para no volver jamás. Recordó las súplicas de ella, las llamadas, los mensajes, los sinsentidos. La abrazó para ver si así sentía algo más que todo aquello. Pero no, fue peor, postizo, barato, carente de significado. Se sintió como un adolescente sin rumbo, recordó los días de instituto, hasta le vino el aroma de la tinta del bolígrafo cuando escribía para un examen. Pero ella no tenía la plenitud de esos días de juventud, no había envejecido bien y a sus casi cuarenta años se le notaba en la piel, en el rostro y en aquellos ojos perdidos.

—Tengo que marcharme —dijo él cogiéndola de los brazos y mirándola fijamente a los ojos. De nuevo la vio con aquella expresión de súplica que tanto detestaba.

—¿Solo has venido para esto? ¿De qué vas?

—Necesitaba verte y lo he hecho. Solo quería confirmar que estabas bien.

—No estoy bien Armand, no lo estoy. Después de todo el tiempo que ha pasado, aún te echo muchísimo de menos —dijo ella comenzando a sollozar.

—En serio que tengo que irme, creo que todo esto ha sido un error por mi parte. Lo siento.

Y él, sin mirar atrás, se cogió a los barrotes metálicos de la terraza y bajó al jardín directamente. Huyó, volvió a su refugio y no pensó en nada más hasta un año más tarde.

Muy en el fondo de su ser sabía que le había hecho daño, que la había descolocado de nuevo después de tanto tiempo de ausencia y heridas cicatrizadas. Ella no era como él, era una persona que no tenía nada más allá de una pareja y un trabajo monótono y alienante. Se sentía en deuda con ella y fue ese sentimiento, ese nudo en sus arterias lo que le hizo volver a aquella urbanización de clase media.

Aquel día de primavera volvió a vagar entre las sombras de la noche y llegó al fin ante aquel portón metálico verde. Sabía que no lo tendría fácil, que no sería como hacía un año y que sus amigas no estarían allí para echarle una mano. De todas formas ellas no lo querrían ni ver después de la última vez. Pero él estaba allí para pedir perdón, para reparar el daño causado aunque fuese tarde y las lágrimas ya estuviesen secas.

Por suerte la puerta de entrada estaba entreabierta y pudo adentrarse en aquella casa que esa noche no olía como de costumbre, parecía como si se hubiese equivocado de lugar pero él sabía que el único portón verde de la urbanización era el de esa familia.

Subió las escaleras poco a poco por si había alguien en casa y deseó no encontrarse con sus padres. De hecho deseó en silencio que ella se hubiese mudado con su nuevo novio, si es que lo tenía. No había investigado cómo le había ido la vida desde hacía un año y tampoco es que le interesase mucho. Tenía que reconocer que si estaba allí, era para sentirse en paz con su mente y no para consolarla a ella.

Al fin enfiló el pasillo rumbo a la terraza y sus piernas comenzaron a temblarle ya que en la planta baja escuchó ruidos, seguramente sus padres estarían en la cocina o en el patio interior.

Al entrar en la terraza no la vio como un año atrás, sentada en aquel sofá de mimbre. Todo parecía abandonado. Allí en el exterior, a la luz de la Luna pudo ver que el polvo se había posado sobre el mobiliario y, por supuesto, sobre los cojines de aquel sofá. Avanzó hacia la barandilla metálica algo decepcionado por no encontrarla de nuevo, por no poder decirle lo mucho que lo sentía y…

—¡Sabía que volverías! ¡Lo sabía! —gritó el padre de ella desde detrás de él.

Armand se giró para mirarlo y volvió a ver en sus ojos aquella expresión que tanto odiaba. Parecía furioso, colérico y corrió hacia él para cogerlo del cuello y asfixiarlo.

—¡Vas a pagar lo que le hiciste! ¿Me oyes? ¡Lo vas a pagar con tu vida! —dijo el padre mientras le presionaba la tráquea.

Y Armand no se podía mover porque tampoco quería hacerlo. A su mente acudieron imágenes de ella quitándose la vida, marchándose lejos de allí, de su casa, de su país, de su planeta. Quizá el año anterior no había existido y él lo había soñado, quizá ella había muerto hacía tiempo y él se había engañado con todo aquello. Era todo tan extraño…

De repente Armand despertó sudoroso y cogió su teléfono para mirar la hora. Eran las seis y media de la mañana y sintió algo de alivio porque aún le quedaban sesenta minutos de sueño. Lo malo era que tenía una notificación de un mensaje de uno de sus mejores amigos.

«Necesito que seas puntual y vayas directamente a verla. La boda se celebrará siempre y cuando ella cumpla con las expectativas. Y tú eres la clave, no lo olvides.«

Eso decía el mensaje y él no le iba a fallar, era infalible y vivía por y para su trabajo. De un salto se puso de pie y comenzó a rebuscar en su armario el traje más irresistible que tenía.

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