Adiós epidemia de mis amores

Así te quería, así te miraba, así te tocaba y con estas manos que en aquellos momentos no me parecían mías decidí dejarte caer por el acantilado de nuestro desamor. Allí abajo te aguardaban las rocas más puntiagudas que he podido ver y un mar embravecido que lo único que hizo fue removerte el pelo una y otra vez. Yo, desde arriba, lo único que pude hacer es mirar y contemplar lo que se me había escapado para no volver jamás.

Intenté bajar hacia ti. Tras una breve reflexión, una duda que punzaba mi corazón, me deslicé entre rocas afiladas, clavándome alguna de ellas en los brazos y manos y al fin pude llegar junto a ti pero no te pude alcanzar ya que tú ya no estabas en la orilla, ya te encontrabas lejos de poder alcanzarte, quizá en la nave de alguien que fue hábil, veloz e insensato y te pudo salvar.

Ahí me quedé, como un espectador más, viendo como te marchabas, como ese bajel izaba sus velas y te llevaba a buen puerto, aunque fuese temporal, necesitabas alguien que te salvase y yo, sin saberlo en aquel momento, anhelaba lo que ya no iba a volver. Pero el recuerdo me ataba a aquella orilla, un recuerdo manipulado por tu perfume y la sonrisa de cuando te conocí que enmascaraba la mueca, la desidia, la desgana, la pesadilla al fin y al cabo, de vivir cerca de ti.

Embárcate hacia nuevos mundos y siembra la peste allá donde vayas, a estas alturas la tripulación debe de haber muerto por completo y si no lo ha hecho, estarán enfermos y sin energías para poder huir como lo hice yo. Pero ahí sigo, mirando desde la orilla, ya no veo ni una mota de tu barco, pero aún así me quedo como hechizado como si estuviese escuchando el canto de una sirena que no quiere dejarme partir.

Y se puso el sol y una brisa enfermiza y hedionda acarició mi rostro. En aquellos momentos deberías estar tocando tierra, posando tus perfectos pies desnudos en el muelle y encandilando a quienes osasen posar su vista sobre ti. Pobres ilusos, no sabían lo que les esperaba, el caos que se iba a desatar tras tu llegada. Cada pisada tuya es un un reloj de arena que avecina la corrupción y destrucción de la tierra, sus gentes y su vida.

¿Por qué te dejé marchar si sabía que te irías a los brazos de cualquier otro para refugiarte en su mundo y destruirlo una vez más? Me parece que oigo sus alaridos a lo lejos, sus guerras por conquistarte, por tener tu fórmula secreta para dominar otros mundos, otras mentes y otras muertes. Quizá no soy el héroe que creí ser, no soy un mártir ni un santo. Nunca pude detenerte pese a saber tus oscuras intenciones.

Me alejo de la orilla, subo por las puntiagudas piedras y llego al lugar donde te dejé caer. Pero ya no miro el mar desde lo alto si no que me giro hacia la tierra en la que vivo y descubro en qué la has convertido. Sólo he quedado yo en aquel continente, yo y mi recuerdo de la primera vez que te vi: tu pelo, tu rostro, tus ojos y tu promesa de quererme para siempre. Porque tú sabías que lo nuestro no iba a durar mucho porque ni yo soy un dios ni tú eres una mujer. Adiós epidemia de mis amores, adiós y espero que allá donde estés haya alguien como yo que sea inmune a tu estocada final y te deje caer no por un acantilado si no por un barranco repleto de afilados pinchos que te atraviesen cada intención de tu maquiavélico ser.

Extraído del diario del Agente A83.

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